Buenos días

Me levanté aquella mañana, con sueño, descalza, el pelo enmarañado y los ojos tan cerrados que veía los muebles en panorámico. Caminando despacio por el pasillo dejé escapar un sonoro bostezo. Al salir de la ducha mi cabeza todavía seguía en una agradable niebla, mi cara serena por la imposibilidad de expresar cualquier otro sentimiento a causa del sueño, mi pelo mojado y mi cuerpo un poco más despierto.

Llegué a la cocina y allí estaba él, ya listo para el trabajo, moreno, colombiano, dulce con los toques amargos que sabe que me gustan, y ese olor… ese olor intenso, que me encanta, y a la vez me trae recuerdos de haberlo disfrutado tantos años. Me acerqué a él, sonreí, y acerqué mis labios, quería saborearlo lentamente, notar su calor.  Un buen café, bien preparado, expresso, en su justa mezcla, recién molido, con espuma antes de añadirle la leche, es mi compañero fiel, el hombre que necesito por las mañanas, y el que disfruto con lentitud.

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